"Imagino que le sucede a cualquiera", comienza Jorge F. Hernández su Milonga para una intrusa (México: Ediciones el Ermitaño, 2003) y describe de inmediato la irrupción de "eso que llaman inspiración", la anhelada presencia, el instante mágico en que culmina el afán literario de quien "pasa las horas de la noche jugando con palabras". Pero la sorpresa se potencia de inmediato porque la musa se muestra "desnuda y por ende perfecta"… (5-6) No puede haber inicio más feliz para un relato. Quien ha leído La emperatriz de Lavapiés y Réquiem por un ángel sabe que la calidad de la prosa está garantizada. Quién conoce la colección Minimalia Erótica sabe, además, que la fotografía de Alejandro Zenker y la presencia de Leda Rendón harán de cada libro de la serie un encuentro íntimo, cálido, entrañable. Quién parte de estas dos premisas sabe que la lectura será deliciosa y no quedará defraudado.
La soñada presencia hace recordar al narrador que para alguno "su musa es una lagartija de barro que se desliza por los suelos" y para otros "niñitas inocentes que no pasan de los seis años y que aplauden todos sus versos entre risitas que nadie más escucha" (6), amén de "musas ancianas que sonríen bocas desdentadas". Un polimorfismo tal que "cualquiera podría confundir a su musa con la muerte". (7) Por fortuna, en este caso es un verdadero des-cubrimiento, "se ha presentado desnuda y parece entonces un alivio saber que no habrá dictado obligatorio, vestuario insinuante o tono impuesto". (8) Es un encuentro sin máscaras: cara a cara. Es un ambiente propicio para el reconocimiento y la confidencia. "Mucho antes de conocerla –confiesa-, le había asignado el rostro y la personalidad de la mujer amada". (10) Pero, "al parecer la musa inspiradora no necesariamente se corresponde con la mujer que se vuelve pareja de carne y hueso". (12) Ni se ajusta a las fantasías más caras. No hace lo que uno espera. Ni dice lo que uno quiere oír: "Ahora he escuchado que sus murmullos no pertenecen a ningún idioma. De hecho, la inspiración suspira en silencio y no contribuye ni mejora en nada la confección de párrafos". (13) ¿Y entonces para qué se revela impúdica y desvergonzada? "Se ha presentado desnuda quizá para informarme que los ángeles no necesariamente llevan alas y que la verdadera inspiración se siente de manera callada". (16)
Y además de que el rostro de la inspiración no corresponde al que le dibujamos, ¿qué otra cosa podemos saber ese misterio que coquetea y seduce, a veces; que subyuga y esclaviza, en ocasiones; que ordinariamente pasa de largo, cruel e indiferente? Su voluntad caprichosa: "Hoy he confirmado, que la musa se aparece cuando ella quiere y nunca cuando se le persigue", dice y agrega: "Se calla como si fuera la luna". (24) Sugerente y susurrante, no deja de ser evasiva… de ahí el ritmo triste de la escritura: "Esto es una milonga, pues al mirarla siento que la he perdido para siempre". (34)
La presencia de la musa conmociona, anticipa el vacío; pero no cambia la historia: "al verla no se resuelven los entuertos del amor ni la crueldad del desamor". (33) Al verla uno sabe que en la contemplación misma la está perdiendo… pero también que la recordará para siempre, "eterna y anónima" [36], sin mengua ni declive. Llena de vida porque "no es inmóvil" y "se sabe que los sueños no son una fotografía". (48) Y quizá lo maravilloso del relato esté en la intuición de que ese breve y fugaz "dejarse ver" de la musa que "debajo de su piel perfecta" entraña "un esqueleto de ensueños desconocidos y emociones inciertas" (52), la revela como el mensaje y el medio:
Es como si la mujer desnuda se apareciera para informar que todo beso es y debe ser único, irrepetible. Su desnudez como anuncio de que toda espalda lleva una piel única, todo vientre un enjambre personalizado, cada nalga su denominación de origen, cada cuello su dueña sin traspasos. (51)
Es interesante ver cómo el ensayo fotográfico se entrelaza con el relato de modo que la modelo/musa no dis-trae al escritor cuya atención se dirige predominantemente a un texto, tal vez por aquello de que "bajo su piel están los libros que aún no he escrito" (54) o acaso porque sabe que "tenerla desnuda, a mi lado, y sentir su respiración no garantiza su efecto ni insinúa su fidelidad irrestricta". (57) La musa es, después de todo, "la invisible testigo de los ya muchos años que llevo entregado al callado ejercicio de leer". (58) Ella es la que ha estado callada y discreta desde siempre ahí, sólo para manifestarse alguna vez mientras el escritor está trabajando, de modo que
El viejo escritor que aún considero mi maestro estaría orgulloso de saber que la musa me encontró a la mitad del acto de escribir. Porque uno escribe incluso cuando no está escribiendo. Uno escribe sin pluma y a la mitad de un paseo bajo la lluvia. (63)
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| Cuarta de forros: detalle. |
Recapitulando, la musa es "abiertamente bella" pero no tiene el rostro con que la imaginamos; se descubre cuando le apetece, "enigmática, misteriosa, anónima"; "inclasificable", es incapaz de cambiar la historia. Calla, pero sobre todo, "duele tanto saberla omnipresente sin poder verla a mi antojo". (75) Duele "porque cuando la musa se deja ver, es solamente para dejarse ver y jamás volver a ser vista". (80)












